La cena que destruyó todo
Una noche de marzo, Sofía organizó una cena en un restaurante de lujo.
Insistió en que fuera. Dijo que quería que compartiéramos más tiempo con sus amigas y sus parejas.
Cuando llegamos, ellas ya estaban instaladas, entre risas y varias copas de vino. Desde el primer minuto sentí que yo sobraba.
La conversación giraba en torno a viajes carísimos, hoteles exclusivos, compras absurdas y chismes sociales. Yo participaba lo justo.
Después empezaron las bromas.
Se rieron de mi auto.
De mi ropa.
De que prefiriera ahorrar antes que gastar en apariencias.
Sonreí por educación, aunque por dentro ya me sentía incómodo.
Entonces alguien mencionó París y una estadía en un hotel de lujo.
Sofía comentó que siempre había querido vivir algo así.
Yo sonreí y dije:
—Quizás podamos hacerlo en nuestra luna de miel.
Hubo silencio. Luego una carcajada.
Marina preguntó si de verdad seguíamos hablando de casarnos. Camila quiso saber si yo podía costear el anillo que Sofía “realmente merecía”.
Esperé que Sofía frenara aquello.
Pero se rió.
Y entre risas dijo:
—David es inteligente y muy bueno conmigo… pero a veces siento que está por debajo de mi nivel. Vive demasiado simple. Tiene mentalidad pequeña para todo lo que podría permitirse.
Todas rieron.
Yo seguía sentado ahí, escuchando cómo la mujer con la que pensaba casarme me convertía en motivo de burla.
