Mi hermana me llamó a medianoche y me susurró: «Apaga todas las luces. Sube al ático. No se lo digas a tu marido». Pensé que se estaba volviendo loca, hasta que miré a través de las tablas del suelo…

—¿Elise? —murmuró.

Me quedé paralizada.

—Voy a buscar agua —dije.

No respondió.

Apagué la luz del pasillo, luego la de la cocina, y después la lámpara del salón que Caleb siempre dejaba encendida. Me temblaban tanto las manos que casi se me cae el teléfono. Mara seguía al otro lado de la línea, en silencio, salvo por su respiración. En las escaleras del ático, susurró: «No cuelgues».

Subí despacio, cada escalón de madera crujiendo bajo mis pies descalzos. El ático olía a polvo, a aislamiento y a cajas navideñas viejas. Cerré la puerta tras de mí y eché el pestillo.

«Cierra con llave», dijo Mara.

«Ya lo hice».

«Aléjate de la ventana».

Entonces se cortó la llamada.

Durante un minuto largo y terrible, no pasó nada.

Entonces oí la voz de Caleb abajo.

Ya no tenía sueño.

Estaba tranquilo.