“Puedes firmar los papeles del divorcio sin pelear y devolver hasta el último centavo que malversaste, o puedo presentar una denuncia formal por fraude y falsificación mañana por la mañana.”
A Caleb le flaquearon las rodillas y se desplomó al suelo.
“Lydia, por favor, escúchame, solo estaba confundido y Tessa no significa absolutamente nada para mí”, suplicó.
En ese preciso instante, su teléfono sonó con fuerza.
Era un mensaje de Tessa: “Acabo de descubrir que no eres dueño de nada de esto, así que no te molestes en buscarme porque no me hundo contigo.”
Caleb cerró los ojos como si le hubieran arrancado la última máscara.
No sentí alegría, pero tampoco lástima.
Solo un silencio sepulcral donde antes había insultos.
Una semana después, me tomé las vacaciones que había planeado originalmente: sola.
La isla era tan hermosa como prometía, con arena blanca y aguas turquesas que se extendían hasta el infinito.
Pasé los días caminando descalza por la playa sin atender a nadie ni escuchar una sola crítica.
La agencia de viajes incluso me ofreció un descuento para reactivar el viaje tras presenciar el incidente.
La tercera noche, mientras veía la puesta de sol, mi abogado me envió la confirmación final.
Caleb había firmado todo, accedido a devolver el dinero y renunciado a cualquier reclamación sobre mis bienes.
Margot había dejado de llamar y Tessa había desaparecido por completo de la ciudad.
Por primera vez en mucho tiempo, el sonido de mi teléfono no me llenó de pavor.
