Dejé mi bolso sobre la mesa. —Estoy embarazada.
Por un instante perfecto, todas las máscaras se desmoronaron.
Lila entreabrió los labios. La copa de Claudine se quedó suspendida en el aire. La sonrisa de Víctor se congeló como yeso quebradizo.
Entonces se recuperó.
—¿A los cuarenta y cinco? —dijo en voz baja, con crueldad—. Mara, ¿estás segura?
Claudine suspiró. —La naturaleza puede ser confusa a tu edad. Lila me miró con los ojos humedecidos. «Ay, Mara. Espero que esté bien».
Ahí estaba. Ni alegría. Ni felicitaciones. Cálculo.
Víctor se acercó. «Deberíamos mantener esto en secreto hasta que entendamos la situación».
«¿La situación?».
Su tono se suavizó. «Has estado bajo estrés. Hormonas. Falsos positivos. Malinterpretación de las ecografías».
Sonreí. «El médico escuchó latidos».
La expresión de Claudine se endureció. «Los médicos se equivocan».
«Los maridos también».
La mirada de Víctor se aguzó.
