Él rió entre dientes. —Aquí todos nos preocupamos por ti.
—No, Víctor. Todos aquí están a punto de escucharte.
Asentí a mi abogado.
La pantalla se iluminó.
Primero aparecieron los registros de la clínica. Lila usando mi seguro. El formulario de consentimiento falsificado. Víctor figuraba como contacto de emergencia. Luego los mensajes de texto borrados. Después las grabaciones de la bóveda del banco.
Con cada diapositiva, el rostro de Víctor palidecía más.
Claudine susurró: —Esto es ilegal.
—Sí —dije—. La falsificación suele serlo.
Lila se puso de pie. —Mara, puedo explicarlo.
—Siéntate.
Se sentó.
Víctor golpeó la mesa con la mano. —Este es un asunto familiar privado.
Miré la pizarra. —Se convirtió en un asunto corporativo cuando intentó declararme mentalmente incapacitada para tomar el control del voto.
Mi abogado repartió los paquetes. —En esos paquetes —dije—, encontrarán las denuncias firmadas que se presentaron esta mañana ante la policía, el colegio médico, la división de fraude de seguros y la fiscalía. También encontrarán la propuesta de despido inmediato de Víctor.
Víctor rió, pero su risa se quebró a mitad de camino. —No puedes despedirme. Soy tu marido.
