Quería lágrimas. Un espectáculo. Una viuda destrozada suplicando piedad delante de todos.
En vez de eso, respiré hondo.
Porque Daniel me había enseñado una cosa antes de morir: nunca interrumpir a alguien mientras se está exponiendo.
Vivian se inclinó hacia mí, bajando la voz lo suficiente para que la oyeran los de las primeras filas. «Deberías estar agradecida de que te permitamos sentarte con la familia».
La mano de Noah se movió.
Al principio, pensé que iba a coger la mía. Entonces vi lo que sostenía.
El teléfono de Daniel.
Se me paró el corazón.
Lo agarró con ambas manos, con los nudillos pálidos. Su rostro seguía siendo el de un niño, pero sus ojos eran los de Daniel: oscuros, firmes y, de repente, parecían mayores que los de un niño de ocho años.
«Noah», susurré.
Pero se puso de pie.
Toda la capilla se giró.
Vivian se quedó paralizada, primero molesta, luego insegura.
Noah la miró fijamente.
—Abuela —dijo, su voz resonando hasta el último banco—, ¿quieres que ponga la grabación que papá hizo sobre ti la semana pasada?
La expresión de Vivian se desvaneció al instante.
Se le fue el color de la cara.
Grant apretó la mandíbula.
