Pero de repente, no quería nada de eso.
Porque el camión nunca había sido realmente el problema.
El problema era que él creía que yo seguiría dando a pesar de los insultos.
Así que dije: —Nada.
Frunció el ceño.
Eso no es cierto.
Sí lo es. No quiero gratitud forzada. No quiero remordimientos porque los vecinos vieron una grúa. No quiero pasar otra década comprando cosas caras para gente que me trata con desprecio.
Me miró fijamente durante un buen rato. —¿Así que eso es todo?
Asentí. —La camioneta está de vuelta en el concesionario. Cancelo la compra. Dean puede comprarte una si cree que te la mereces.
Su rostro se endureció. Dean no podía. Ni de cerca.
Entonces dijo lo más parecido a la sinceridad que jamás le había oído.
—Me estás castigando.
Negué con la cabeza.
—No, papá. Voy a cancelar el descuento.
