Estaba de pie, con delicados tacones de satén, preparándome para mi boda, cuando oí a mi futura suegra hablar con calma sobre cómo desaparecería.
No una ruptura. No una vergüenza.
Una desaparición.
La cortina de la boutique estaba medio abierta, con alfileres brillando en el dobladillo de mi vestido, cuando la voz de Patricia Vale se coló por la mampara.
—¿Estás segura de que no ha descubierto nada?
Mi prometido, Adrian, soltó una risita. —¿Elena? Llora con los anuncios de bancos. No sospecha nada.
Mis manos se congelaron en la tira de mi zapato.
Patricia continuó, con un tono suave y controlado. —Bien. Después de la boda, la convencerás de que ponga el apartamento a nombre de los dos. Sus ahorros también. Luego documentaremos su inestabilidad: pánico, paranoia, amenazas. Con suficiente papeleo, la internarán en una institución privada.
Contuve la respiración.
