Miré a mi hija. «No».
«Me estás destruyendo».
«No, Daniel. Te estoy devolviendo lo que construiste».
En la transmisión de video que Mara envió, los murmullos se extendieron entre los invitados. Vanessa permanecía rígida en el altar, vestida de seda. Su padre discutía con un representante de la fundación. La madre de Daniel lloraba, no de pena, sino de humillación.
Entonces se abrieron las puertas de la capilla. Entraban dos agentes judiciales.
Uno le entregaba a Daniel los documentos judiciales.
El otro le entregaba los suyos a Vanessa.
La sala se sumió en el caos.
Vanessa gritó primero: «¡Esto es culpa suya! ¡Ella lo planeó!».
Daniel se volvió contra ella: «¡Dijiste que las transferencias eran legales!».
«¡Y dijiste que era tonta!».
Esa frase se extendió como la pólvora.
Sacaron los teléfonos. Se alzaron las cámaras. La boda perfecta se convirtió en un desastre transmitido en directo.
Daniel vio los teléfonos y perdió el control. «¡Apáguenlos!», gritó. «¡Todos, apáguenlos!».
