—No es lo que piensas.
Esa respuesta me lo dijo todo y nada a la vez.
—La puerta trasera, Daniel.
No se movió.
Me acerqué y su expresión se quebró. No era ira. No era culpa. Era miedo. Miedo de verdad. —Si sales, te verán por la puerta lateral —dijo—. Si abres la puerta principal, la cosa empeora. Dame treinta segundos.
El marco crujió con otro golpe.
—Tienes diez.
Se pasó una mano temblorosa por el pelo. —Mi padre pidió dinero prestado.
Las palabras me golpearon como agua helada.
—¿Cuánto?
Daniel apartó la mirada.
—¿Cuánto?
—Mucho.
—¿De un banco?
—No.
