En el funeral, mi abuela me dejó su libreta de ahorros. Mi padre la tiró a la tumba: «Es inútil. Que se quede enterrada».

La abuela me crió después de la muerte de mi madre. Me enseñó a coser un botón, a administrar mi presupuesto y a enfrentarme a los lobos sin miedo. En su última semana, cuando sus manos no eran más que huesos bajo las sábanas del hospital, susurró: «Cuando se rían, déjalos. Luego ve al banco».

Di un paso al frente.

Mi padre extendió la mano. «Déjalo».

Lo miré a los ojos. «No».

Su mirada se endureció. «No te avergüences, Elise».

«Ya lo hiciste por mí».

El cementerio se quedó helado de nuevo. Bajé con cuidado, mis talones hundiéndose en el barro húmedo, y saqué la pequeña libreta azul de ahorros de la tapa del ataúd de la abuela. La tierra manchaba la cubierta. Me temblaban los dedos, pero mi voz se mantuvo firme.

—Era suya —dije—. Ahora es mía.

Papá se inclinó tanto que olí a whisky en su aliento. —¿Crees que te salvó? Esa vieja no pudo salvarse a sí misma.

Algo dentro de mí se quedó paralizado.

Metí la libreta en el abrigo.

Celeste sonrió dulcemente. —Pobrecita. Siempre tan dramática.

Mark se interpuso en mi camino cuando me di la vuelta para irme. —¿Adónde vas?

Miré más allá de él hacia la verja de hierro del cementerio.

—Al banco.