La llamada de las siete de la mañana
Cuatro días después sonó el teléfono.
Eran las siete.
Era Daniel.
Su voz ya no sonaba rígida.
Sonaba quebrada.
Había hablado con antiguos amigos.
Había revisado cuentas bancarias.
Había encontrado movimientos pequeños y constantes hacia cuentas que no reconocía.
Dinero suyo.
Más de treinta mil dólares en total.
—Mamá… perdoname.
Cerré los ojos un instante.
—Volvé a casa. Lo resolvemos juntos.
