Mi marido quemó mi único vestido decente para que no pudiera asistir a su fiesta de ascenso. Me llamó una "vergüenza". Pero cuando se abrieron las puertas del gran salón de baile, llegué de una manera que jamás imaginó, y esa noche destrozó su mundo por completo.

Dentro del Hotel Royal Monarch, el salón de baile resplandecía con extravagancia y refinamiento.

Arañas de cristal bañaban los suelos de mármol con un cálido resplandor dorado, mientras que el aire se impregnaba de una sutil mezcla de perfumes caros y champán. Risas, el tintineo de las copas y las conversaciones de negocios en voz baja llenaban cada rincón del espacio.

En el centro se encontraba Adrian Cole, vestido con un esmoquin negro impecablemente confeccionado, sosteniendo una copa de champán.

Su brazo rodeaba con seguridad a Vanessa Blake, quien se inclinó hacia él como si ya fueran los dueños de la sala.

—Felicidades, Adrian —dijo uno de los altos ejecutivos, estrechándole la mano—. He oído que la propia presidenta estará aquí esta noche. Es la primera vez que aparece en público. Una gran noche para ti.

Adrian sonrió con picardía, alzando ligeramente la barbilla. —Por supuesto —respondió con voz cargada de orgullo—. Soy el vicepresidente principal de la empresa. ¿A quién más podría impresionar? Miró a Vanessa y apretó su mano. “Y, sinceramente, mírennos. Representamos exactamente lo que esta empresa defiende”.

Vanessa rió suavemente, apoyando la cabeza en su hombro. “La pareja perfecta”, dijo.

Rieron juntos, completamente ajenos a que, apenas unas horas antes, Adrian había destruido a la misma mujer que estaban a punto de conocer: quemó su vestido en un momento de cruel arrogancia y la despreció como si fuera insignificante.

La música se detuvo de repente.