—Destituyanlo. Con efecto inmediato. Cancelen su ascenso, revoquen todos sus privilegios y asegúrense de que su nombre esté en la lista negra de todas las empresas asociadas.
Adrián levantó la cabeza de golpe, presa del pánico.
—¡No, no, por favor! ¡Clara, no hagas esto! ¡Lo perderé todo!
Continué con tono firme. —Además, inicien una auditoría financiera completa. Quiero que se documenten y recuperen todos los activos que ha construido con mis recursos.
—Sí, señora.
La voz de Adrián se elevó con desesperación. —¡No me quedará nada! ¡Por favor, solo denme una oportunidad más!
Lo miré por última vez. Ya no quedaba ira.
Solo claridad.
—Me dijiste que no pertenecía a tu mundo —dije en voz baja—. Y tenías razón.
Me miró, con un destello de esperanza por un instante…
antes de que terminara.
—Porque tu mundo es pequeño. Construido sobre el ego y la ilusión. El mío es aquel en el que tuviste la suerte de estar.
Me aparté de él.
—Sáquenlo —ordené.
