El trayecto desde la verja hasta la casa fue lo suficientemente largo como para que sus risas se desvanecieran poco a poco. A un lado se extendían jardines de lavanda y vistas al lago Valle de Bravo. Al otro lado se encontraban los establos, los vehículos de servicio y el personal moviéndose con silenciosa precisión.
—Esto debe ser un hotel —susurró Paola.
—O un local alquilado —añadió doña Teresa, aunque su voz carecía de seguridad.
Al llegar, un mayordomo los recibió.
—Buenas tardes. La señora Varela los espera en la terraza.
Dentro, todo denotaba permanencia: arte, suelos de piedra, techos altos, luz solar que inundaba el espacio. Nada parecía prestado.
Los condujeron afuera, donde una larga mesa estaba puesta con fina vajilla, flores frescas y copas de cristal. Los chefs preparaban la comida cerca mientras sonaba música suave.
Entonces aparecí.
Caminaba con calma, vestida con un vestido azul oscuro, serena y segura de sí misma como nunca antes la habían visto.
—Mariana —dijo Rodrigo, forzando una sonrisa—. ¿Quién te prestó este lugar?
—Nadie —respondí.
