Mi hija embarazada estaba en un ataúd, y su marido apareció como si fuera una celebración. Entró riendo del brazo de su amante, cuyos tacones resonaban en el suelo de la iglesia como aplausos.

El señor Halden se ajustó las gafas.

—Antes del entierro —anunció con voz tan severa que hizo callar la sala—, el testamento debe leerse.

Un murmullo recorrió a los dolientes.

Evan sonrió con sorna. Celeste le apretó el brazo.

Entonces el señor Halden abrió el sobre y leyó el primer nombre.

—Mi madre, Margaret Ellis.

La sonrisa de Evan se desvaneció al instante…

Parte 2
El señor Halden continuó, cada palabra resonando como un clavo en madera pulida.

—Dejo todos mis bienes personales, incluyendo mis acciones en ValeTech Holdings, la indemnización de mi seguro de vida, mis ahorros privados y la propiedad en Lake Arden, a mi madre, Margaret Ellis, para que los administre a través del Fideicomiso Familiar Ellis.

Evan palideció.

Los dedos de Celeste se deslizaron de su brazo.

—Eso es imposible —dijo Evan. Su voz se quebró al pronunciar la última palabra—. Emma no tenía acciones. Yo le daba una asignación.

El señor Halden lo miró por encima de sus gafas.

—Su esposa poseía el doce por ciento de ValeTech Holdings. Se lo transfirió su padre antes de morir. Debidamente registrado. Con los testigos correspondientes.